Autor:
Isabella Fourment
“A veces muevo el rabo y a veces muerdo”
dice el perro a su amo,
pero el perro no sabe que su amo es un perro sabido, anciano, agotado,
¿o sí lo sabe?
Diógenes quiere apagar su lámpara, porque le anima el fracaso,
no encontró al hombre, ni siquiera a un ciudadano ateniense
que fuera justo, honesto, bueno,
ahora, sus discípulos son los perros, otros perros como él
contemplando el mundo desde su hogar: un tonel
tirado en plena calle:
escuela de un cinismo puro en actitud orante.
Él sabe que la sabiduría está al aire libre, afuera, en la plaza con la gente
Sólo los poetas resabios se ocultan con el otro lenguaje
Anarquía, autonomía, autarquía, ejemplo vibrante, lección de vida
ciudadano del mundo.
Todavía recuerda cómo invalidaba las monedas con un punzón
Lecciones de su padre
O cuando consultó el oráculo en Delfos
¿Pero cómo cambiar los valores?
Sólo escupiendo a la gente, sólo masturbándose en público, sólo imitando
a los perros.
Y ni la parodia, ni la sátira, ni la anécdota, ni la burla, ni el escándalo,
ni la provocación, ni la huida, ni la cárcel, ni la autosuficiencia, ni la pelea
contra todos.
Nada sirvió para cambiar al hombre, él sabía que todo es de los dioses
Sólo aprendió a vender a su amo, a protestar por todo contra todo
A morir en el desapego, en paz, parando el aire que respiraba
O convirtiendo su vientre en mar para que viviera el pulpo
O dejándose morder por sus propios perros ¿qué más da?
Si Alejandro Magno hubiera querido ser Diógenes
Y Diógenes consiguió ser perro… ¿qué más da?
“Los enemigos conocen nuestras debilidades”
Nos observan, pero son como los demás…
tampoco son hombres.
El inglés Jerome Gerôme, interpretó la idea
de quien, además de ser un perro libre,
fue un hombre sabio.